La nube submarina: donde nadan tus datos y se juega el poder
- Patricia Sirebrenik

- 20 feb
- 5 Min. de lectura

Cada vez son menos los que no saben que la nube de Internet no está arriba en el espacio, sino en cables submarinos y en estratégicos data centers. La realidad es que vivimos una contradicción vital: lo más inmaterial de nuestra vida depende de cables pesados enterrados en el fondo del océano.
Ya no es solo soporte técnico: es poder estratégico en la era de la inteligencia artificial. Chile juega un papel estratégico para las grandes potencias.
Tus datos no flotan: nadan. Fui una de las miles de personas que decían automáticamente, con convicción: “Súbelo a la nube para tener respaldo”, señalando hacia arriba como si los archivos fueran a levitar.
A pesar de ver en las noticias las disputas de grandes potencias por cubrir con kilométricos cables submarinos los fondos oceánicos, no hice la conexión estratégica: la nube es infraestructura física crítica. Es agua, arena, cables, rocas y un data center en la superficie como destino final.
Cuando la nube se cayó del cielo
Más del 95% del tráfico internacional viaja por una red de 1,4 millones de kilómetros de cables submarinos, tendidos a profundidades que pueden superar los 8 km.
Desde 1956, cuando AT&T y la British Post Office inauguraron el TAT 1, el primer cable telefónico transatlántico moderno, los ingenieros fueron pioneros al comprender que las comunicaciones estratégicas y geopolíticas no viajarían por el cielo, sino por el fondo del mar.
Son muchas las publicaciones que han hablado del tema, pero una tuvo un gran impacto en la opinión pública no especializada y se hizo viral: popularizó un asunto antes reservado a ingenieros.
Se trata de un brillante y entretenido artículo de Adam Satariano, publicado hace varios años por The New York Times. Abrió los ojos de miles de personas en todo el mundo. La Nube de Internet no está en el espacio. Está en el fondo submarino.
Logró bajar el tema al público no técnico con una fuerza narrativa y visual impresionante. Millones de lectores deben haber exclamado “¡Oooooh!”, y a más de un chileno se le habrá escapado un “misshh”.
Fue como revelar el truco del mago a quienes pensaban que preciados documentos y fotos se resguardaban en el firmamento. Me reí por no haber hecho antes la conexión. (Pero aún así sigo diciendo “lo subiré”).
Venas digitales bajo el mar
Una red colosal de “venas digitales” que abrazan el planeta bajo los mares: tan finas como un cabello, pero capaces de unir continentes en fracciones de segundo. “Arterias invisibles” que laten con pulsos de luz casi a velocidad de la luz, bajo kilómetros de presión oceánica.
El artículo contó el “parto” de esos cables en fábricas especializadas: barcos gigantes los depositan en el fondo marino, mientras en tierra los vivimos como vibraciones frágiles, intangibles y etéreas.
Mientras miramos al cielo, todo ocurre bajo el mar: EE.UU. y China libran una competencia estratégica por la infraestructura digital submarina. Los cables transportan la enorme mayoría del tráfico intercontinental de datos, y Chile es hoy un punto geográfico clave:
Humboldt: cable impulsado por Google y Desarrollo País (joint venture 50/50 firmada en 2025, representada por Edgardo Frías).
Huawei 5G: participación descartada por Subtel en el proceso de 2022 por criterios de seguridad.

¿Marketing inocente… o metáfora conveniente?
Una metáfora útil… y estratégicamente conveniente. Algunos expertos sostienen que denominarlo “nube” fue simplemente una herencia del lenguaje técnico de redes. Otros creen que la metáfora ayudó —consciente o inconscientemente— a invisibilizar la infraestructura real. Por ahora, esa discusión está “por las nubes”.
Como borregos siguiendo el mismo silbido, películas, series y libros nos entrenaron para imaginar datos flotando en naves como en películas de ficción o, los más concretos, pensando en satélites que acumulan información.
Mientras tanto, por décadas los cables reales han enfrentado anclas, terremotos submarinos y tensiones geopolíticas (como los incidentes y cortes sospechosos en el Mar Rojo en 2024).
Infraestructura escondida, poder camuflado
Los cables transmiten, pero tus datos viven en data centers voraces en tierra. Hoy consumen alrededor del 1–1,5% de la electricidad mundial —por servidores, refrigeración y procesamiento constante— y la cifra crece con IA y streaming masivo. Instalaciones físicas expuestas a huracanes, apagones y, sí, sabotajes.
Con la expansión de la inteligencia artificial, esta infraestructura deja de ser soporte invisible y se ha convertido en una ventaja competitiva para Chile.
Todos conocemos la disputa EE.UU.–China por el control digital, pero no todos asocian la “nube” con esta pelea submarina donde Chile y otros países son piezas estratégicas. No se trata solo de comunicaciones: es infraestructura crítica, economía digital y soberanía tecnológica.

Chile en el centro del universo marino.
Nuestro país comienza a ocupar una posición estratégica en la infraestructura digital del Pacífico. Internet es una sucesión de códigos que viajan por fibras ópticas… tan finas como un cabello, desperdigadas por el suelo oceánico. De Nueva York a Sídney, de Hong Kong a Londres… en menos del tiempo que tardas en leer esta palabra.
Y Google hace camino propio: conecta Chile —donde opera su mayor data center en Latinoamérica— con Asia-Pacífico vía Humboldt. El proyecto se formalizó en 2025, su despliegue comenzará en 2026 y se espera operación hacia 2027.
Los cables se fabrican en plantas como la de Newington (operada por SubCom). Barcos especializados como el Durable los transportan e instalan: hebras de fibra óptica + pulsos láser = datos a casi velocidad de la luz hasta tu pantalla.
Entre los cables relevantes para Chile destacan Curie, Firmina y el futuro Humboldt, que diversifican rutas internacionales y aumentan la resiliencia nacional.
La firma entre Google y nuestro país permitirá la instalación del Cable Humboldt, el primer cable submarino de fibra óptica que conectará Sudamérica con Oceanía. Este proyecto impulsará el desarrollo de la industria nacional generadora de software y creadora de inteligencia artificial, sectores que dependen de esta conectividad.
Además, permitirá que Chile se consolide como el hub digital de la región y como líder en inteligencia artificial en Latinoamérica.

Quien domine el fondo del océano, concentrará el poder
El primer cable transatlántico de 1858 permitió a la reina Victoria enviar un telegrama al presidente James Buchanan. Tardó 16 horas. El avance fue lento durante el siglo XX, pero vertiginoso en el XXI.
No quiero confundir: sí existe una conexión entre el cielo, la tierra y el fondo marino. Se necesitan satélites —Starlink, impulsado por Elon Musk, es un ejemplo—, pero representan solo una fracción del tráfico global (<1%).
Muchos imaginan que si Waze se comunica vía satélite y GPS con tu celular, la “nube” de Internet opera igual. Pero ni siquiera Waze puede funcionar sin un sistema desde la tierra: Waze te localiza desde órbita como un GPS cósmico, pero calcula tu ruta en un data center en Chile, EE.UU. u otros países, no flotando.
Algo parecido pasa con la nube de Internet: los satélites ayudan, pero son los cables los que realmente mueven el mundo (99%). El centro neurálgico y geopolítico se maneja desde el océano, y sus bases están en la tierra. Quizá lo más cercano a una nube sea el Data Center.
Lo que mueve nuestras comunicaciones intercontinentales no está en el cielo. Está abajo. Bien abajo. Los satélites ayudan…
Pero el mundo digital, la geopolítica y la información global se sostiene en cables.
Y LOS CABLES SON PODER




